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¿Por qué Las Meninas de Velázquez son tan grandiosas?

Con la opinión de Michel Foucault.

Sergio Pérez Gavilán

Sergio Pérez Gavilán

Las Meninas, Diego Velázquez

Se pintó en 1656 por el maestro español Diego Velázquez, es su composición más grande (3.21 mts de alto x 2.81 de ancho) y probablemente una de las pinturas más representativas en la historia del arte. Pero, ¿por qué? A simple vista se puede reconocer un juego de espejos en el que Velázquez se incluye a sí mismo, a los reyes de España en un espejo y en el centro de la pieza a la infanta Margarita Teresa, posterior emperatriz del Sacro Impero Romano Germánico.

Más allá del análisis estético de la obra, existe un trasfondo ideológico que impulsa a ver la obra con una dimensión diferente. Según Michel Foucault y otros analistas de la obra, Velázquez establece una agenda crítica y política ante la visión que se tenía en su época sobre la pintura y el modo clásico de hacer un retrato.

Foucault afirma que la obra es revolucionaria pues en contra de la representación clásica, misma que debe de ser entendida simplemente como la representación realista de la realidad según la percepción del artista, el artista hace un retrato que simplemente no podría formar parte de su realidad. La obra artística bajo el canon de la representación clásica, no podría incluir al mismo tiempo, al artista, al espectador y el objeto a representar, sería incongruente. Así, se puede ver que Velázquez hace un juego de miradas entre el espectador y él.

El sevillano, con su mirada genera un eco en el espectador, pues lo supone como modelo. La perspectiva, evidentemente, no puede ser la del artista y tampoco la del objeto central, sino la del espectador que observa delicadamente Velázquez ¿sería la perspectiva de el rey Felipe IV y Mariana de Austria? ¿Osaría poner a la par de la pareja real a cualquier espectador? Parece ser que no. Debido al ángulo del espejo en relación con el del espectador, es ópticamente imposible tener ese enfoque en el espejo, pues se revelaría toda la escena, incluyendo a Velázquez y a las meninas de espaldas. Por consiguiente, lo que busca Velázquez es ponerse a la par de los reyes con increíble sutileza para elevar la posición social de la pintura y quizás, de sí mismo.

En aquélla época, la pintura aún peleaba por el reconocimiento de Arte Liberal, cosa que no tenía nada que ver con ego, sino con la búsqueda de una liberación fiscal y militar. Velázquez, según la interpretación de George Kubler, al ponerse en el mismo cuarto que el rey, hace una referencia a la idea a la nobleza de la pintura por medio de la asociación con los monarcas. La precisión estilística y el demandante juego de perspectivas aleja a la pintura de una clase de oficio y la convierte en una persecución intelectual, apuntando al elitismo intelectual de las cortes europeas en la época.

Es importante notar la aparición de José Nieto de Velázquez, el hombre al fondo del cuadro viendo la escena, parado en las escaleras, sugiriendo que va de salida o de llegada. Él, a diferencia de todos los demás sujetos, tiene una visión completa de la escena, viendo directo a los modelos de la obra o en la posición del espectador y, debido a la altura de su posición, podría ver detrás del lienzo que Velázquez pinta –a manera de espectador.

Nieto competía con Velázquez por la posición de aposentador y Felipe IV ya había inclinado la balanza por el sevillano. Parece ser que "la sugerencia" es la manera que utilizó Velázquez para reafirmar el juicio de su patrón.

Las fuentes de iluminación juegan un papel importante, pues la luz para todos los personajes es la misma, la que entra por la ventana, pero la que impregna a Nieto es distinta. En cierto sentido, esto habla de una perspectiva sobre la situación, tanto física como mental. Foucault interpreta la luz como algo que alumbra los aspectos de la obra, como a la misma racionalidad que permite conocer los objetos y hacerlos inteligibles de una manera real. Es digno de notar que se ve la iluminación pero nunca su fuente como tal, no se ve la luz sino el producto de su existencia: lo racional.

Finalmente, como golpe fatal a Nieto, véase las dos imágenes o pinturas arriba de Velázquez y Nieto, la de arriba de el sevillano es Minerva y Aracne mientras que la otra es Apolo y Pan. La primera, según el mito griego, referiría a la mesura de los mortales ante los dioses o, en el contexto español de la época, la mesura de los súbditos ante los superiores. Tener extremo cuidado en no juzgarlos ni ponerse a su nivel, entonces, tiene aún más sentido la cuestión del sutil posicionamiento de Velázquez al lado de la pareja real. El segundo cuadro hace referencia directa a Nieto, el mito hablaría del castigo que tendría un juez por escoger a un artista inferior y señalando a Nieto como tal, mientras que entre los dos está el rey que es tanto el sujeto como juez verdadero del arte de Velázquez.

Regresando a la cuestión de la representación clásica, una última revisión a los simbolismos del cuadro es necesaria, en particular el espejo. En el espejo se puede ver lo único presente en el cuadro que es invisible, la figura de los reyes. Entonces, según cierta interpretación, el espejo simboliza el tiempo pues devuelve imágenes como reflejo y anula las distancias con el espectador, en palabras de Foucault, "De todas las representaciones en el cuadro, ésta es la única visible, pero nadie la está mirando," se trata de un verdadero acto de representación, pues son los modelos del pintor pero nadie en el cuadro ve ese espejo.

Lo que genera esto es una limitación y anhelo del hombre de la época. La imposibilidad de representar al propio acto de la representación, es decir, para la mentalidad de la época el lenguaje como tal no es el pensamiento sino una representación del mismo, tiene una existencia independiente de él. Lo que importa no es el significado de la palabra sino el sentido, es así que todo recae en el ordenamiento de los objetos o los signos y, aún más fuerte, el hombre como ordenador de la realidad, es la condición de posibilidad del mundo: sin él no hay orden. En consecuencia, no puede verse a sí mismo, juzga y lo ve todo pero es incapaz de verse a sí mismo haciéndolo.

La magnífica obra de Velázquez no tiene como tema a un sujeto, sino a la representación misma y sus limitantes racionales como paradigma del pensamiento de la época: el pintor no se puede ver pintando pues no se vería detrás del lienzo; la pareja real en el espejo no es una representación de ellos modelando, sino una copia del acto; Nieto está en la posición del espectador, pero uno no podría tomar su posición pues, precisamente, dejarías de ser espectador y te convertirías en un objeto pintado.

La manera arqueológica o genealógica por la que Foucault ve el cuadro generaría sentido pues la Ilustración se estaría avecinando y con ella el planteamiento ideológico, en el que para poder comprender la realidad como tal y ser una persona realmente libre, el principio parte del autoconocimiento. El cuadro del español, además de ser perfecto estilísticamente, es profeta de La Ilustración, una época donde el hombre encontraría una nueva manera de verse a sí mismo y a su entorno que permearía hasta hoy en día.

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