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¿Cómo afectan los procesos políticos la producción de Arte?

Jesús Torrivilla nos habla del surgimiento y re-surgimiento de las artes a través de procesos históricos como el de Venezuela.

Luis  Carreño

Luis Carreño

Fotografía de Andrea Hernández

Quisimos retratar parte de la escena creativa venezolana en un especial que propusiera un punto de partida diferente para comprender el contexto sociopolítico actual de Venezuela a partir de la creación artística.

Nuestra meta fue dar a conocer algunas expresiones que tuvieran como génesis el proceso histórico al que se enfrenta Venezuela actualmente: la incertidumbre y el duelo global, el estado autoritario y las flores del arte que de un campo de batalla se alcanzan a recoger.

Ilustración de Florés Soláno

Jesús Torrivilla es originario de Venezuela, sus intereses transitan entre la comunicación, las artes y la intersección entre crisis y contexto multicultural. Sus inclinaciones más fuertes están orientadas a la cultura, el poder y la violencia; dentro de sus labores profesionales se ha desempeñado como editor de medios impresos y digitales, asesor creativo y productor de estrategias de comunicación.

Además de lo mencionado, Jesús Torrivilla es escritor; compartió pluma con Juan Pedro Cámara para darle vida a El Bravo Tuky, una crónica que retrata la música electrónica y la cultura joven de Caracas. Estos últimos días, Jesús ha destinado su tiempo a un segundo libro sobre las prácticas conceptuales del arte venezolano.

Hablamos con Jesús para tener un panorama fresco sobre las artes en Venezuela.

Lee la entrevista abajo.

Ilustración de Yonel Hernández

¿Es difícil desarrollarte como artista en Venezuela?

Durante los últimos años la vida cotidiana se ha hecho muy difícil para todos los venezolanos. Yo tengo dos años viviendo en México y formo parte de una generación de jóvenes que decidimos salir de Venezuela, en una encrucijada que no ha sido fácil de resolver y que me sigue desvelando. Y hablo por mí: muchos lo hicimos con resignación y esperanza de no perder el vínculo con un país que nos compromete, por el que hemos luchado durante toda nuestra vida. Hoy el conflicto político ha alcanzado niveles muy duros de intensidad: ya no es entre dos supuestas "mitades" polarizadas, es el de una población civil enfrentada a un gobierno cada vez más autoritario, represivo y violento. Las condiciones estructurales de la economía venezolana (control de cambio, inflación, escasez ) hacen que sea extremadamente difícil para un artista desarrollarse, tomando en cuenta las características de la escena global. Pero, sobre todo, la institucionalidad del arte en Venezuela es sinónimo de aridez: los museos, todos al servicio del gobierno, le dan la espalda a la producción contemporánea, muy crítica, por supuesto, al poder. Los artistas han tenido que organizarse para conseguir apoyos, para exhibir y para tratar de circular más allá de nuestras fronteras. Las iniciativas son pocas, pero muy valiosas, entre otros: Abra Caracas, la Organización Nelson Garrido, Carmen Araujo Arte, la Sala Mendoza, espacioMAD, la sala TAC del Trasnocho Cultural, la Fundación Mercantil, el Anexo, el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia. Con excepción de este último, todos espacios de naturaleza privada. Ante la ausencia de una política estatal coherente, de programas públicos de investigación y políticas de adquisición, el artista venezolano se ha acostumbrado a que debe trabajar por su cuenta y hacer redes de apoyo para seguir en su trabajo.

¿Cómo ha cambiado el mundo cultural y artístico en Venezuela a partir del conflicto?

Está en constante tensión, como todo el país. Tanto espacios de arte, pero especialmente aquellos de entretenimiento como cines, teatros, salas de conciertos, han visto mermada la participación del público: las ciudades están conmocionadas por las protestas, así como por la inseguridad personal, así que no hay demasiada asistencia a eventos culturales. Sin embargo, artistas, curadores, galeristas y gestores culturales han tomado este momento como una oportunidad para pensar en qué puede hacer el arte ante un conflicto de estas magnitudes, y han ajustado su programación de manera que pueda dar pie al encuentro y la discusión ante la urgente realidad.

Ilustración de Florés Soláno

¿Hay algo que te haya llamado la atención relacionado al arte y a este proceso?

La inmensa capacidad de resistencia de la población civil en Venezuela. Su valentía para enfrentar la represión a diario. La creatividad para pensar en nuevas formas de protesta y en cómo cada quien desde su formación, profesión, puede contribuir. Siempre se dice que los momentos de crisis son terreno fértil para la creatividad, pero lo que oculta este lugar común es lo difícil que es sobrellevar la cotidianidad en esos momentos de crisis. ¿Cómo mantener la programación de una galería independiente? ¿Cómo pedirle al público que asista a un concierto en medio de la violencia? ¿Cómo convencer a un patrocinador de invertir en un contexto absolutamente precario? Lo sorprendente es que la crisis no haya arrasado con todo, que siga habiendo iniciativas que mantengan viva la cultura en Venezuela. Griselda Pollock habla del poder de la experiencia estética para animarnos a descifrar la realidad, en una conjunción entre pensamiento y el afecto. Van más de ochenta días de protestas y lo que sé por la gente con la que estoy en constante contacto en el país es que hay un ímpetu enorme por no permanecer indiferente, por reprogramar sin cancelar, por pensar en cómo brindar espacios para la discusión, por hacer memoria de nuestro pasado reciente, por hacer que el país civil y su historia sobrevivan a la violencia.

Debido a lo que enfrenta Venezuela, ¿Crees que haya un surgimiento de alguna Vanguardia Histórica?

Quedará para la historia el nombre que le pongamos a la resistencia, en cómo interpretaremos y entenderemos lo que está pasando ahora mismo ante nuestros ojos. Creo que el término "vanguardia histórica" responde más a las lógicas con que el arte funcionó sobre todo en la primera mitad del siglo XX, con las acciones y reacciones ante los programas estéticos de los grandes proyectos políticos como el soviético, el fascismo, o el liberal/democrático, inclusive. Lo que ocurre hoy en Venezuela responde mejor a la lógica de los fragmentos, del rizoma difícilmente categorizable bajo un manifiesto, una revista en particular o un solo espacio de exhibición. Más bien ha sido la respuesta de los artistas como ciudadanos lo que hemos visto durante estos años. Didi-Huberman también habla de una operación doble del arte, que pareciera revalorizarse en un momento como el venezolano: "volver visible la tragedia en la cultura (para no separarla de su historia), pero también hacer visible la cultura en la tragedia (para no separarla de su memoria)".

Ilustración de Yonel Hernández

¿Hay alguna actitud que resalte lo que se está haciendo de arte en Venezuela? ¿Qué tipo de cosas se están viendo más?

Lo que se ve es la manera ineludible en que los artistas están comprometidos con reflexionar sobre el poder desde su propia práctica. El arte político en Venezuela tiene una tradición de crítica tanto al poder político, como hacia las mismas lógicas dentro del sistema artístico, una práctica constante desde los conceptualismos de la segunda mitad del siglo XX. Lo hizo Eugenio Espinoza en los años setenta cuando propuso un "Impenetrable" en medio del optimismo democrático venezolano y el cinetismo como su programa estético aliado; lo hizo Javier Téllez en los años noventa cuando transformó el Museo de Bellas Artes en un hospital psiquiátrico (en una acción premonitoria del desastre institucional actual) y lo sigue haciendo Nelson Garrido con su fotografía sobre la violencia, unida a una práctica educativa que ha hecho una singular escuela de inconformes en el país. Los últimos días hemos sido testigos de iniciativas extraordinarias relacionadas con la coyuntura como el Laboratorio Ciudadano de Protesta No Violenta, donde se han agrupado ideas como Poesía en resistencia, Dale letra, El Bus TV, así como el trabajo de fotoperiodistas, artistas, galeristas y gestores culturales. Sin embargo, en un rango más amplio, pienso en el trabajo de artistas que mantienen una práctica crítica dentro y fuera de Venezuela, a niveles diferentes de implicaciones políticas de la experiencia poética, como Déborah Castillo, Érika Ordosgoitti, Ángela Bonadies, Iván Candeo, Armando Rosales, Lucía Pizzani, Ana Navas, Luis Arroyo, Ana Alenso, José Miguel del Pozo, entre muchos otros.

De todas las dimensiones del arte político creo que lo más importante ahora, como dije anteriormente, es el compromiso ético de cada artista como ciudadano, inclusive por encima de compromisos estéticos, ideológicos o partidistas. Y eso tiene varias formas de manifestarse: desde asistiendo a manifestaciones, organizándolas, compartiendo poesía, haciendo redes de información en medio de la censura, manteniendo la programación de una galería, hasta haciendo silencio en el momento propicio.

Fotografía de Andrea Hernández

Háblanos un poco de tu nuevo libro sobre Venezuela y las artes

El libro trata sobre el surgimiento de las prácticas conceptuales en Venezuela durante los años setenta, como una respuesta crítica al proyecto modernizador democrático. Es una investigación que busca entender cómo los artistas conceptuales construyeron una poética como respuesta política al descontento que sentían ante su realidad

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